Jardines contra la desertificación

El jardín del futuro en España no será el más verde. Será el más inteligente.

¿Cuál es el mejor jardín para el clima en el que vivimos?

Cada verano seguimos regando jardines diseñados para un clima que ya no existe.

Durante décadas, en gran parte de España se ha reproducido un modelo de jardinería inspirado en paisajes atlánticos o centroeuropeos: grandes extensiones de césped, especies de elevado consumo hídrico y diseños que dependen de un aporte constante de agua, fertilizantes y mantenimiento intensivo. Sin embargo, el contexto climático actual obliga a replantear profundamente esa manera de entender los espacios verdes.

España es, en gran medida, un país semiárido. Y todo apunta a que esa condición irá intensificándose en las próximas décadas.

Hace poco, mientras visitaba nuestro jardín, un amable anciano me comentó algo aparentemente sencillo:

"Ya no llueve como hace cuarenta años".

Lo dijo refugiándose bajo un techado mientras caían apenas unas gotas sobre Madrid.

Y probablemente tenía razón.

No son únicamente las estadísticas climáticas o los informes científicos quienes alertan sobre los efectos del cambio climático. Son también las personas que han vivido durante décadas observando el paisaje, la agricultura, los inviernos y las lluvias quienes comienzan a percibir que algo está cambiando.

Movida por la curiosidad, dediqué una tarde completa a revisar los registros históricos de precipitaciones de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) correspondientes al observatorio de Madrid-Barajas. Analizando los datos década a década desde los años sesenta hasta la actualidad, la tendencia resultaba evidente: mientras que en los años 60 las precipitaciones anuales rondaban los 500 mm, la media de los últimos años apenas supera los 360 mm anuales.

Pero el problema no es únicamente que llueva menos.

También llueve de forma distinta.

Las precipitaciones son cada vez más irregulares, más torrenciales y más concentradas en episodios extremos. Entre esos eventos se producen largos periodos secos, acompañados de temperaturas más elevadas y una evapotranspiración mucho más intensa.

En otras palabras: el suelo pierde agua más rápidamente y las plantas deben sobrevivir bajo condiciones cada vez más exigentes.

España y el riesgo de desertificación

España lleva décadas enfrentándose al problema de la desertificación. En 1996 nuestro país se incorporó a la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación y posteriormente desarrolló el Programa de Acción Nacional contra la Desertificación (PAND), publicado oficialmente en 2008.

Los datos del Ministerio de Agricultura son reveladores.

Más del 30 % del territorio español recibe entre 300 y 500 mm de precipitación anual, una cantidad relativamente baja si además consideramos:

  • La elevada evapotranspiración estival,

  • La irregular distribución de las lluvias,

  • Las altas temperaturas

  • La creciente torrencialidad de los episodios de precipitación

Esto genera déficits hídricos prolongados en el suelo durante varios meses al año.

Incluso la vegetación adaptada al clima mediterráneo puede sufrir estrés hídrico severo bajo estas condiciones.

Además, cuando las lluvias aparecen de manera torrencial, el agua no siempre infiltra correctamente en el terreno. En muchos casos provoca escorrentías superficiales que erosionan el suelo fértil y reducen todavía más la capacidad del paisaje para regenerarse.

Uno de los parámetros más utilizados internacionalmente para evaluar este fenómeno es el denominado Índice de Aridez (IA), que relaciona las precipitaciones anuales con la evapotranspiración potencial.

Cuando el índice es superior a 1, el clima se considera húmedo. Cuando desciende por debajo de ese valor, hablamos ya de territorios semiáridos o áridos.

Bajo este criterio, exceptuando la cornisa cantábrica, algunas zonas pirenaicas y determinados humedales o cauces fluviales, una parte muy importante del territorio español presenta condiciones de semi-aridez y riesgo medio o alto de desertificación.

Pero… ¿qué es realmente un desierto?

Cuando preguntamos cuál es el mayor desierto del planeta, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en el Sahara.

Y es lógico.

Asociamos intuitivamente la idea de desierto con arena, dunas y altas temperaturas. Sin embargo, desde el punto de vista climático, un desierto no se define por el calor, sino por la escasez extrema de precipitaciones.

La clasificación climática de Peveril Meigs considera desierto aquellas regiones donde las lluvias anuales no superan los 250 mm.

Bajo esa definición, casi una tercera parte de la superficie terrestre puede considerarse desértica.

Por eso la Antártida, con cerca de 14 millones de km², es técnicamente el mayor desierto del planeta: apenas recibe precipitaciones.

Lo verdaderamente determinante no es la temperatura, sino la disponibilidad de agua.

En España existen zonas claramente áridas, como el Desierto de Tabernas, en Almería, o determinadas áreas de Los Monegros, en Zaragoza.

Precisamente Los Monegros constituyen un ejemplo muy interesante de degradación ecológica ligada a la actividad humana. Hace siglos, amplias zonas estuvieron cubiertas por bosques de pinos. La tala masiva y la pérdida progresiva de cubierta vegetal favorecieron procesos de erosión y degradación del suelo que terminaron generando el paisaje semiárido actual.

La desertificación no siempre es únicamente consecuencia del clima. En muchos casos es también el resultado de una gestión inadecuada del territorio.

El jardín como herramienta contra la desertificación

La sensibilización ambiental es hoy una realidad social.

Cada vez más personas entienden la necesidad de reducir el impacto ecológico de nuestras actividades y de adaptarnos racionalmente al clima del lugar donde vivimos.

Algunos sueñan con participar en grandes proyectos internacionales de reforestación. Otros imaginan recuperar formas más sostenibles de agricultura o restaurar ecosistemas degradados.

Pero quizá el primer paso pueda comenzar mucho más cerca de nosotros.

En nuestro balcón. En nuestra terraza. En nuestro jardín.

Los espacios verdes urbanos pueden desempeñar un papel fundamental frente al avance de la desertificación si se diseñan correctamente.

Un jardín sostenible:

  • Reduce el consumo de agua

  • Protege el suelo

  • Favorece la biodiversidad

  • Disminuye la erosión

  • Amortigua el efecto isla de calor urbano

  • Crea pequeños ecosistemas resilientes adaptados al clima local

La cuestión ya no es únicamente estética. Es ecológica.

El gran error: diseñar jardines contra el clima

Durante décadas hemos importado modelos de jardinería propios de regiones húmedas para implantarlos en territorios mediterráneos o semiáridos.

El resultado suele ser:

  • Enormes consumos de agua

  • Dependencia constante de riego

  • Utilización intensiva de fertilizantes

  • Enfermedades fúngicas

  • Compactación del suelo

  • Elevados costes de mantenimiento

El ejemplo más evidente es el césped convencional.

En regiones húmedas del norte de Europa o de la cornisa cantábrica, el césped puede mantenerse de forma relativamente natural gracias a unas precipitaciones abundantes y temperaturas moderadas.

Pero en buena parte del centro y sur peninsular mantener grandes superficies de césped supone luchar artificialmente contra el clima durante prácticamente todo el año.

Y cuanto más extremo es el verano, mayor es la dependencia hídrica del jardín.

El clima mediterráneo: un clima de contrastes

La Agencia Estatal de Meteorología utiliza habitualmente la clasificación climática de Köppen-Geiger para caracterizar los distintos tipos de clima presentes en España.

El clima dominante en gran parte de nuestro territorio es el denominado "Cs", conocido popularmente como clima mediterráneo.

Se caracteriza por:

  • veranos secos y calurosos,

  • precipitaciones irregulares,

  • marcada estacionalidad,

  • y periodos prolongados de déficit hídrico.

Sin embargo, dentro del clima mediterráneo existen múltiples variantes.

Clima Mediterráneo típico (Csa)

Característico de numerosas zonas litorales del Mediterráneo. Presenta inviernos suaves y precipitaciones concentradas en las estaciones más frescas.

Mediterráneo con influencia oceánica (Csb)

Presente en áreas montañosas y zonas de transición hacia el norte peninsular. Las temperaturas son menos extremas y existe menor oscilación térmica.

Mediterráneo seco o semiárido (BSh y BSk)

Corresponde a regiones donde la aridez domina buena parte del año. Se desarrolla en zonas del sureste peninsular, valle del Ebro y determinadas áreas interiores.

Las precipitaciones pueden oscilar entre 200 y 400 mm anuales y las temperaturas estivales superar ampliamente los 40 °C durante episodios de ola de calor.

Son territorios con elevado riesgo de desertificación.

Mediterráneo continentalizado

Es el caso de Madrid y gran parte de la meseta central.

La combinación de:

  • altitud,

  • continentalidad,

  • aislamiento orográfico,

  • efecto isla de calor urbano,

  • y disminución progresiva de precipitaciones

genera un escenario climático especialmente exigente para la jardinería.

Madrid presenta actualmente características próximas a un clima semiárido frío (BSk), con precipitaciones relativamente bajas y una enorme amplitud térmica anual.

En las últimas décadas, además, las noches tropicales, las olas de calor y la evaporación urbana han aumentado de forma notable.

Esto obliga a replantear completamente el modelo tradicional de jardinería utilizado en la ciudad.

El jardín mediterráneo: una filosofía, no una limitación

El jardín mediterráneo no es un jardín pobre. Es un jardín inteligente.

No consiste simplemente en reducir el riego o sustituir el césped por grava. Se trata de diseñar espacios capaces de trabajar con el clima en lugar de luchar constantemente contra él.

Un auténtico jardín mediterráneo aprovecha:

  • la estacionalidad,

  • la arquitectura natural de las plantas,

  • las texturas,

  • las sombras,

  • la topografía,

  • y la eficiencia en el uso del agua.

Muchas de las especies utilizadas en este tipo de jardinería proceden originalmente de regiones mediterráneas o semiáridas de distintos lugares del planeta:

  • California,

  • Chile,

  • Sudáfrica,

  • Australia,

  • o la propia cuenca mediterránea.

Son plantas que han evolucionado durante miles de años bajo condiciones de estrés hídrico estacional.

Por ello presentan adaptaciones extraordinarias:

  • hojas pequeñas,

  • cutículas cerosas,

  • tejidos de almacenamiento de agua,

  • sistemas radiculares profundos,

  • o estrategias fisiológicas de ahorro hídrico.

Y, sin embargo, esto no significa renunciar a la belleza.

Un jardín mediterráneo puede ser exuberante, dinámico, floral y biodiverso.

La estética del jardín del futuro probablemente no estará basada en el verde uniforme del césped atlántico, sino en:

  • contrastes de texturas,

  • tonos plateados,

  • floraciones estacionales,

  • gramíneas en movimiento,

  • aromáticas,

  • rocas,

  • sombra,

  • biodiversidad

  • y naturalización del paisaje.

Xeropaisajismo: la técnica del jardín sostenible

Si realmente queremos crear jardines capaces de sobrevivir bajo las condiciones climáticas del centro y sur de España, necesitamos aplicar criterios técnicos adaptados a la realidad ambiental del territorio.

Eso es precisamente lo que propone el Xeropaisajismo®.

No se trata únicamente de utilizar cactus o plantas "de secano".

El xeropaisajismo es una disciplina de diseño del paisaje basada en:

  • eficiencia hídrica,

  • selección vegetal adecuada,

  • protección del suelo,

  • optimización del riego,

  • biodiversidad,

  • y sostenibilidad a largo plazo.

Para desarrollar jardines resilientes frente a la desertificación es fundamental considerar varios principios:

1. Selección adecuada de especies

Las plantas deben estar adaptadas:

  • al frío,

  • al calor,

  • a la sequía,

  • y a las oscilaciones térmicas locales.

No todas las especies mediterráneas pueden sobrevivir en la meseta central.

2. Sistemas radiculares eficientes

Las plantas capaces de asociarse con micorrizas desarrollan redes radiculares mucho más eficaces en la exploración de agua y nutrientes.

El suelo vivo es parte esencial del jardín sostenible.

3. Eficiencia hídrica

Las especies seleccionadas deben presentar elevados niveles de eficiencia en el uso del agua.

4. Protección frente a la erosión

Las lluvias torrenciales obligan a utilizar especies capaces de estabilizar el suelo mediante raíces, rizomas o coberturas vegetales.

5. Uso de acolchados minerales

La utilización de áridos o coberturas minerales permite:

  • reducir evaporación,

  • amortiguar cambios térmicos,

  • proteger el suelo,

  • y disminuir la erosión superficial.

6. Reducción de herbicidas

El empleo de mallas antihierbas y coberturas vegetales reduce considerablemente la proliferación de malas hierbas y la necesidad de tratamientos químicos.

7. Hidrozonificación

Agrupar las plantas según sus necesidades hídricas permite optimizar el sistema de riego y evitar consumos innecesarios.

El jardín como ecosistema

Cuando además incorporamos:

  • topografía,

  • piedra,

  • biodiversidad,

  • refugios para fauna útil,

  • control biológico,

  • y naturalización,

el jardín deja de ser únicamente un espacio decorativo.

Se transforma en un ecosistema funcional. Un auténtico oasis climático.

Un espacio capaz de:

  • refrescar el entorno,

  • infiltrar agua,

  • proteger el suelo,

  • capturar carbono,

  • albergar biodiversidad

  • y resistir mejor los extremos climáticos.

Quizá el jardín del futuro en España no sea el más exuberante, ni el más tropical, ni el más artificialmente verde.

Quizá sea aquel capaz de sobrevivir respetando el clima que lo rodea.

Porque cada litro de agua ahorrado, cada suelo protegido y cada planta adaptada al territorio constituyen pequeñas barreras frente al avance silencioso de la desertificación.

Y tal vez, precisamente ahí, empiece la verdadera jardinería sostenible del siglo XXI.

Mercedes García

Farmacéutica e Ingeniera Agrónoma.

Fundadora de Desert CITY

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